
Si soy totalmente sincera, nunca me imaginé estar escribiendo ésto. Les ha pasado desear algo con todas sus fuerzas y cuando lo cumplen no se lo creen, eso mismo es lo que he sentido yo.
Ésta noche no he podido dormir, no he parado de desvelarme para mirar el reloj del móvil y aunque tenemos las alarmas programadas tanto en el de Ayoze como en el mío, no puedo dejar de sentir nervios y emoción por lo que nos espera en apenas unas horas.
Creo que puedo pasar la línea de la sinceridad, pero me he puesto hasta malilla del estómago y no me ha quedado más remedio que salir al baño. Aquí ya ha empezado mi odisea y digo ésto, porque en el hostal de Ollantaytambo el baño está fuera, son casonas antiguas y tanto las habitaciones como los servicios están alrededor del patio.
Imagínense en plena noche con un frío gélido, tener que salir por fuerza mayor y al abrir la puerta y ver el panorama, pensar -me lo hago encima- yo no salgo, que aquí me matan y nadie se entera.
Como me daba mucha pena despertar a Ayoze me armé de valor y con la linterna del móvil me puse en marcha. La encantadora señora del hostal tiene crías de cuys y están justo al lado de nuestra habitación.